Echo de menos esa
falsa libertad que antes tenía. Echo de menos pensar que todo el mundo se
reducía a lo que yo vivía, y que no había nada más. No había nada malo más
allá, nada que diera miedo, nada que me estuviera perdiendo. Echo de menos la
luz morada que alumbraba nuestros entrenamientos, en los que nos creíamos que éramos
las más rápidas, las nuevas Beckham. A él también lo echo de menos, aunque nos
hiciera correr hasta más no poder.
Echo de menos los
olores que impregnaban mi camino, porque ya nada huele igual. Echo de menos
todo lo nuevo por explorar. Les echo de menos a ellos, mi familia. A compartir
cada día con ellos, a llorar de la risa como norma diaria. Echo de menos a
Miguel Hernández y a Lauaxeta, y es que me dieron más de lo que parece. Echo de
menos nuestros pequeños momentos, en los que soñábamos cosas que sabíamos imposibles,
pero soñábamos. Echo de menos a los nuevos a los que nadie respetaba. Echo de
menos el apoyo seguro, el saber que alguien está ahí.
Echo de menos destacar
y hacer bien las cosas. Tener tardes libres en las que poder jugar, leer, reír.
También echo de menos tener la seguridad de que algún día, por muy lejos que estuviera,
sería lo que quiero ser. Cuando creía que todo era posible, y que lo mío era lo
mejor. Echo de menos pensar que los de mi alrededor seguirían ahí cuando me
despertara. Pensar que nunca cambiarían, pero ahora soy yo la que cambia, y
ellos ya no son los mismos. Y más que a nada en el mundo, echo de menos a mis ángeles.
Los que no pudieron cambiar, los que se tuvieron que ir repentinamente. Ellos,
a los que tanto quise y a los que tanto quiero. Echo de menos que me digan que
están en un sitio mejor y creérmelo.
Echo de menos no
echar de menos…
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