Es bien sabido que los ciempiés zambos tienden a desviarse de su camino, confundiendo así a sus compañeros y haciéndoles chocar una y otra vez. Pero su camino es más entretenido y, a fin de cuentas, no son tan diferentes.
domingo, 20 de abril de 2014
Ánima
Esta es una entrada obligada. Ánima.
Hablar sobre mi refugio personal compartido por muchos...En realidad, hablar de Ánima, es mucho más que hablar de una escuela de teatro.
Recuerdo la primera vez que entré, hace un año y medio aproximadamente. Todo me pareció de lo más extraño...como un mundo aparte. Me dejaron ver parte de una clase, y al terminar el profesor me preguntó a ver si me había gustado. Le respondí : "Emmmm...si...Agur", y me fui. Quién me iba decir a mí (y quien le iba a decir a él) que ese iba a ser el principio de todo.
La clase que vi realmente me encantó, me entusiasmó, me enamoró. Así que ahí estaba yo, unas semanas después, en aquel mismo sitio, muerta de miedo y vergüenza sin saber lo que me esperaba.
Yo iba allí, donde esa gente tan rara se expresaba, y les seguía un poco el rollo. Pero no me costó mucho darme cuenta de que eso no iba a funcionar siempre.Y esto pasó el día en que teníamos que hacer una improvisación por parejas. Al repartirnos los papeles, me pregunta mi pareja "Oye, te importa si yo soy la hija? Es que me apetece llorar". Y se queda tan ancha. Así. Me quedé a cuadros. Simplemente no podía entender como a alguien le podía apetecer llorar, cuando todo el mundo sabe que sólo lloras cuando lo pasas mal. Pues no. Y la impro empezó, y ahí estaba yo sentada, pidiéndole explicaciones de por qué llegaba tarde, y se tumba en mis piernas y se pone a llorar. No sabía donde meterme. Ese fue el momento en el que me di cuenta de que esto iba en serio.
Lo curioso es que ahora a la que se le antoja llorar de vez en cuando es a mí. Durante este tiempo he aprendido tanto...Me han enseñado a llorar.
Hace no mucho, estaba ahogándome poco a poco, con fechas de entrega apuntadas por todas partes, exámenes que nunca acababan de llegar, estrés, estrés everywhere. Era viernes por la tarde, y esa misma noche había que entregar un trabajo de economía en el que te jugabas gran parte de la nota. Pero había teatro. Y no iba a ser una clase cualquiera, íbamos a hablar de amor. Así que terminé mi redacción sobre el amor en 10 minutos y salí corriendo hacia clase, dejando a medias economía. Necesitaba relajarme y salir de mí por un rato. Descansar.
Fue la mejor decisión que pude tomar. Un primer ejercicio nos dio la energía que necesitábamos. Después, uno por uno, teníamos que leer lo que era para nosotros el amor, mientras andábamos entre nuestros compañeros, que estaban quietos como estatuas. Fue mágico. Liberador. Compartes algo inexplicable. Hacía tiempo que no lloraba tanto. Acabas sintiendo las desgracias de los demás, te alegras porque otros son felices, tienes miedo...y todo eso junto es una bomba.
En fin, no sé que pasará el año que viene. Lo único que sé seguro es que nunca voy a olvidar Ánima. Ni a su gente, mi gente. Porque hoy por hoy, sin ellos no soy nada.
lunes, 14 de abril de 2014
Echo de menos...
Echo de menos esa
falsa libertad que antes tenía. Echo de menos pensar que todo el mundo se
reducía a lo que yo vivía, y que no había nada más. No había nada malo más
allá, nada que diera miedo, nada que me estuviera perdiendo. Echo de menos la
luz morada que alumbraba nuestros entrenamientos, en los que nos creíamos que éramos
las más rápidas, las nuevas Beckham. A él también lo echo de menos, aunque nos
hiciera correr hasta más no poder.
Echo de menos los
olores que impregnaban mi camino, porque ya nada huele igual. Echo de menos
todo lo nuevo por explorar. Les echo de menos a ellos, mi familia. A compartir
cada día con ellos, a llorar de la risa como norma diaria. Echo de menos a
Miguel Hernández y a Lauaxeta, y es que me dieron más de lo que parece. Echo de
menos nuestros pequeños momentos, en los que soñábamos cosas que sabíamos imposibles,
pero soñábamos. Echo de menos a los nuevos a los que nadie respetaba. Echo de
menos el apoyo seguro, el saber que alguien está ahí.
Echo de menos destacar
y hacer bien las cosas. Tener tardes libres en las que poder jugar, leer, reír.
También echo de menos tener la seguridad de que algún día, por muy lejos que estuviera,
sería lo que quiero ser. Cuando creía que todo era posible, y que lo mío era lo
mejor. Echo de menos pensar que los de mi alrededor seguirían ahí cuando me
despertara. Pensar que nunca cambiarían, pero ahora soy yo la que cambia, y
ellos ya no son los mismos. Y más que a nada en el mundo, echo de menos a mis ángeles.
Los que no pudieron cambiar, los que se tuvieron que ir repentinamente. Ellos,
a los que tanto quise y a los que tanto quiero. Echo de menos que me digan que
están en un sitio mejor y creérmelo.
Echo de menos no
echar de menos…
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