LA LADRONA DE LIBROS
Ayer fui al cine
medio obligada, pero salí más que encantada.
A pesar de tener
unas ganas locas por ver “Agosto” (película en la que salen la gran JULIA
ROBERTS y la enorme MERYL STREEP ), fui a ver “La ladrona de libros”. La
decisión fue de dos contra una, así que no tuve más remedio. Entré al cine tarde y
preparándome para ver a una niña ñoña contando una historia de valor y
tremendas cursilerías , que acabaría con todo el cine sonándose los mocos y
disimulando la lagrimita. Pero no. Me encontré con algo más, me encontré con `un
corazón en fuga herido de dudas´, con un padre acostumbrado a sonreír, con la
vida resumida de tantos…
La película está
basada en un libro escrito por el australiano Markus Zusak, publicado en 2005 y
ganador de numerosos premios. Cuenta la historia de una niña de 13 años que
vive en la Alemania nazi en años de guerra. Su madre no tiene más remedio que
darla en adopción y poco a poco la niña se encariña con su nueva familia. Por
una cuenta pendiente que esta familia tenía, acogen a un judío en su casa, Max,
que se vuelve un apoyo principal de la niña. Al mismo tiempo, la joven Liesel
aprende a leer y descubre un nuevo mundo en el que poder ver luz entre tanta
oscuridad. El narrador nos lleva de un sitio a otro, con un sentido del humor
un tanto oscuro y mostrando ningún tipo piedad. Por algo es la Muerte.
Aun teniendo tan
terrorífico relator, cuenta una historia tierna donde las haya. Liesel no es
una niña ñoña, es una valiente que no sabe lo importante que es para los demás,
y que no lee para olvidar, sino para recordar lo bello que es vivir y ser
libre. Personalmente, me quedo con Hans (el padre), un maravilloso Geoffrey
Rush que respira simpatía y te contagia. En fin, un amor de hombre. Es un
padre tierno, que lo único que quiere es ayudar y hacer sentir cómoda a su
hija, y quererla ante todo.
El tiempo en sus
vidas transcurría mientras yo, que apenas podía ver con los chorretones que me
salían por los ojos, no dejaba de preguntarme cómo sería vivir así. Pensaba en
lo cómodo que es poder llegar a casa,
sentarnos en el sofá y picar algo mientras vemos la tele medio zombies. Pensaba
que qué suerte de no tener que preocuparte de cómo conseguir libros o de si a
alguien hoy le dará por bombardear tu calle. Pensaba que no nos damos cuenta de
lo afortunados que somos, aunque no nos suene a nada nuevo. Daba gracias (no se
a quién) por tener a mis padres cerca, y sin miedo a que algún día se los lleve
un señor uniformado.
Con todo esto, al final
la sala entera acabó sonándose los mocos y llorando lagrimones. Nunca había
oído a tanta gente emocionada en una sala de
cine, y es un gusto. Porque no lloraban por la crisis, no lloraban por la
ley del aborto, lloraban porque eran personas y entendían a los demás, tenían
empatía. Que eso, hoy en día y viendo a ciertos políticos y no tan políticos, pensaba
que estaba en peligro de extinción.
“Quise decirle muchas cosas a la ladrona de libros, sobre la belleza y la crueldad, pero ¿qué podía contarle sobre todo eso que ella no supiera? Quise explicarle que no dejo de sobreestimar e infravalorar a la raza humana, que pocas veces me limito únicamente a valorarla. Quise preguntarle cómo un mismo hecho puede ser espléndido y terrible a la vez, y una misma palabra, dura y sublime. Sin embargo, no abrí la boca. Sólo conseguí hablar para confiarle a Liesel Meminger la única verdad que hago mía. Se lo dije a la ladrona de libros, y ahora te lo digo a ti.”